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Bogotá D.C., Colombia
Publicista (de los pocos orgullosos de serlo que quedan), especialista en marcas y Máster Jedi en mercadeo estratégico. Diatribero sin remedio, apologista de la razón, escritor, columnista y ecumeniquista. En Twitter me encuentran entre trinos perdidos calibre 36: @donnyrossoff

jueves, enero 26, 2012

Qué felicidad, dad, dad, dad, dad

Óscar Wilde dijo: "la razón de que todos seamos tan amigos de pensar bien de los demás, es que todos tememos por nosotros mismos. La base del optimismo es simplemente el miedo".

Hace poco fueron publicados diversos estudios e investigaciones acerca del nivel de felicidad de la gente de cada país -si tal cosa se puede cuantificar- en todos los territorios del mundo. Con criterios como la economía, los núcleos familiares, la calidad de vida y otros, se establecieron listas de los "mejores vivideros" del globo.

Colombia, como raro, integró nuevamente este podio y se ubicó en el sexto lugar a nivel mundial y primero a nivel continental.
Yo no sé cómo se viva en los otros 197 países, pero vivir en Colombia y después de ver este famoso ránking, me atrevo a decir que los evaluadores tienen una noción "medio" distorsionada de la palabra felicidad.

Seguro felicidad no es: llevar más de 70 años en un conflicto o guerra (llámenlo como quieran, porque hasta eso genera controversia), que ha dejado miles de muertos, masacrados, desplazados, mafias, violencia y miseria.

Felicidad no es: soportar uno de los costos de vida más altos del hemisferio, una carga fiscal desproporcionada e incoherente con el índice de ingresos per cápita y a la vez, ser testigos presenciales de monumentales desfalcos, "mordidas" y "chanchullos" que consumen en billones de pesos, los ingentes recursos que este país genera.

Felicidad no es: ver y padecer un sistema judicial absurdo, que hoy condena a cuatro años a un hombre que intenta pagar un bulto de papas con un billete falso, pero que a la vez, condena a arresto domiciliario a aquellos que se enbolsillaron más de 1 billón de pesos con los famosos carruseles de contratación, salud, pensiones, tierras, etc.

Felicidad no es: marchar, indignarse y calificar de infames a grupos subversivos (o terroristas) y al mismo tiempo, asistir a las urnas y elegir de alcalde de la Capital a un sujeto que perteneció, delinquió y asesinó por y en nombre de uno de esos grupos.

Felicidad no es: no poder disfrutar de los espectáculos deportivos (en especial del deporte nacional: el fútbol) sin tener la imperiosa prevención de no vestir la camiseta del equipo o de ir a sentarse en una tribuna destinada al rival, so pena de recibir una paliza o en el peor de los casos, una herida con un arma cortopunzante.

Felicidad no es: no tener acceso a una educación pública, gratuita y digna, sin antes pasar por el curso obligado de subversión, tubérculo explosivo y encapuchamiento.

Felicidad no es: comprar ropa con bolsillos secretos, de manera que en uno de los "infelices" desplazamientos por la ciudad abordo de cualquier sistema de transporte público, las pertenencias no cambien de dueño, pues en el mejor vividero de América hay subienda de ladrones de milimétrica precisión, los cuales escarban, eligen y sustraen cualquier pertenencia que quede "pagando".

Felicidad no es: sentirse miserablemente millonario en cada semáforo de la ciudad, al ver unos reflejos de miseria e inequidad social absolutamente abrumadores y objetores de consciencia, pues por no tener 100, 200, 500 o 1000  pesos para darle al malabarista, desplazado, discapacitado, o limpia vidrios de turno, uno alcanza a sentir que no tiene corazón. (Así ese denario sea destinado para comprar vicio).

Felicidad no es: ser una mezcolanza mal hecha de modas, vicios, comportamientos e ideas, dejando de lado aspectos como el amor patrio, el respeto por los valores autóctonos, las costumbres y la coexistencia.

Felicidad no es: vivir y morir por ideas preconcebidas en otras latitudes de belleza, cultura y desarrollo. 

Felicidad no es: vender al mejor postor lo poco con lo que nos premió la creación, que son nuestros recursos hídricos, naturales y minerales. Seguramente nuestros regentes de cuello blanco, quienes tienen asegurado su futuro en alguna playa de St Barts, no lo saben o no les importa, pero el dinero no se come, no se respira y mucho menos se bebe.

Felicidad no es: recibir noticias a cuentagotas de compatriotas privados de su libertad y la constante e improbable amenaza de liberarlos a cambio de condiciones absurdas.
 
Felicidad no es: barajar la posibilidad de diálogos de paz (sí, esa utópica paz que parece más un camino y no un fin) al tiempo que en las noticias, con tintes amarillistas e intereses privados, hacen zoom in sobre desmanes cometidos por uno de los actores en contra de la población inocente. 

Felicidad no es: vivir en un país donde la mayoría de crímenes se cometen por o en contra de un menor de edad. Donde el 'turismo sexual' es uno de los principales atractivos y donde Derecho Internacional Humanitario, Derechos Humanos, Torturas, Cautiverios, Tomas... Hacen parte de la jerga de cualquier ciudadano de a pie.

Felicidad no es: verse denigrado al frente de una ventanilla para someterse a un examen de consciencia en busca de un permiso para abandonar el país de nacimiento.

Felicidad no es: saber que más de la mitad de la población sobrevive entre la pobreza matutina, mientras la pequeña minoría busca en cada oportunidad la forma de ganar más, tener más y ser más. (A cualquier costo).

En fin, no sé qué sea la felicidad, no me atrevería a definirla... Solo sé que hay que tener una noción muy distorsionada de ese concepto, si después de esta pequeña radiografía (austera a todas luces), seguimos creyendo que somos el país más feliz del continente o como nos dijeron desde pequeños... "el mejor vividero del mundo".

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